¡Deja de llorar!

 
El otro día me pase buena tarde intentando consolar a mis dos hijas. Bueno, más bien, dejándolas llorar y acompañándolas en su dolor.
Lo bueno es que no fue a la vez, así que pude repartirme y atender a cada una en su necesidad, aunque lo curioso es que realmente no tuve que hacer mucha cosa.
Maxi, 5 años estaba en el parque muy contenta jugando con su amiga y de pronto y a pesar de haberle anticipado que era posible que tuviéramos que irnos antes por si la lluvia finalmente hacia acto de presencia, cuando empezó a llover y le anuncié que debíamos irnos, comenzó a llorar porque no quería irse.
 
Mi reacción ante su llanto, como siempre fue abrazarla, darle un beso y consolarla; en esta ocasión le dije «entiendo que no quieras irte y que estés disgustada o enfadada. Tenemos que irnos porque está lloviendo. Es un fastidio porque estabas pasándotelo fenomenal y no querías irte, ¿verdad?» Y me atreví a añadir: ¿»estás muy enfadada?» Y entre sollozos me contestó:
«No estoy enfadada; estoy muy triste» y siguió llorando en mis brazos mientras yo le acariciaba el pelo.
 
En ningún momento se me pasó por la cabeza pedirle que dejara de llorar.
 

Lo cierto, es que somos los adultos los que nos sentimos cohibidos cuando nuestros hijos (y en general cualquier persona) lloran en público, nos sentimos mal porque queremos tranquilizarles y no sabemos qué palabras son las adecuadas para que dejen de sufrir, y les pedimos que paren de llorar. Otras veces nos sentimos juzgados por las personas que están alrededor temiendo que piensen que no sabemos controlar las emociones de nuestros hijos, y es que el llanto se ha visto en cierto modo demonizado y queremos ocultarlo, taparlo lo antes posible para proteger al niño (y a nosotros mismos).

 

Cuando entramos al coche, y aún 5 minutos después, mi hija seguía llorando y yo le acompañaba en su tristeza. Y poco a poco se le pasó. No le quite el derecho a estar triste y pudo desahogarse. En ningún momento reprimió su sentimiento, lo demostró, y yo, como madre se lo validé: «es normal que estés triste. Yo también lo estaría si me hubiera pasado a mí».

  • Y eso nos conecta con sus emociones. 
  • Y eso hace que no tengan que ocultar lo que sienten. 
  • Y eso hace que no se sientan juzgados ni débiles. 
  • Y eso hace que cuando alguien a su alrededor está triste, le acompañe en su tristeza y entre otras cosas, sienta empatía.

 

Independientemente de todo lo anterior, ver cómo tus hijas sufren no es plato de buen gusto, ya sea por algo grave o por algo que a nosotros nos parece más bien, digamos «trivial». No se trata de que nosotros les hagamos sufrir, se trata de permitirles tener derecho a sufrir.
 

Cuando yo era pequeña, a mi no me dejaban llorar, frases como:

«venga venga, ya está bien, no llores más»
«Mira que fea te pones cuando lloras»
«No ha sido nada. Para de llorar»
«No llores que sino no iremos al parque»
Etc etc.
 

Y no digo que mis padres, educadores, profesores, familiares y demás conocidos lo hicieran mal. Ellos a su modo, intentaban aliviarme el sufrimiento. Intentaban desde su conocimiento y experiencia ayudarme a sentirme mejor.  Lo que ocurre es que hay determinadas ocasiones en las que no queremos sentirnos mejor, a veces queremos (y debemos) pasar el duelo, y las personas que nos acompañan y le quitan importancia a lo que nos pasa con frases del tipo, «pero si estás mejor sin él / ella», «anda, si tampoco es para tanto», «así es la vida, chica»,  «esto se te pasa en un par de días», etc. no permiten que suframos, que experimentemos todo el abanico de emociones, no sólo las buenas, no permiten que nos hagamos resilientes, es decir, más adaptativos a las circunstancias que nos acontecen.

Es por esto, que aunque simplemente estemos ahí, para ellos, dejándoles que sean capaces de expresar sus emociones, es un punto a nuestro favor y a su favor… ¿cuántas veces nos hemos encontrado en la vida con personas que no saben expresar lo que sienten? Aunque sólo sea para eso, mi consejo es que les permitáis llorar. Posteriormente ya veremos, cómo hacemos para enseñarles a gestionar ese fluvial de sentimientos incontrolados.

 

Mi hija pequeña, por otra parte, se había lastimado bajando por un murete al que habitualmente le gusta subir y bajar, y lo suele hacer con bastante pericia, para la edad que tiene, dicho sea de paso, lo que ocurre es que en esta ocasión, se despistó, se tropezó o vaya usted a saber qué le pasó, que al intentar bajar, ¡zas! rozadura en la parte lateral de la pierna, apenas un rasguño. Y comenzó a llorar….

Ahí, nuevamente antes de saltar como un resorte para decirle:
“Venga, anda, no llores, que no ha sido nada” o
“No ha sido para tanto, mira un rasguño, si no tienes ni sangre ni nada”, la tomé en mis brazos y le dí un gran abrazo, mientras le daba el abrazo ella seguía sollozando.
 

Yo intuía que no era por el golpe, no era por el rasguño, y decidí sopesar las distintas alternativas empezando con: «¿Te duele mucho? Claro, es que te has dado un golpe, a mi no me ha parecido muy grande, pero no sé que opinas tu.. dime…» ella “ Si… muy grande y me duele mucho!!!

Prosigo: “Vaya, pues ya veo que te duele mucho, y además, seguro que te has asustado un montón, porque a lo mejor has pensado que te ibas a caer, y está un poco alto, ¿verdad?” y ahí… ¡BINGO! ya la “conquisté”:

Si, mami, es que está muy alto y casi me caigo, he tenido mucho susto”…. seguimos hablando en esta dirección, en todo momento validándole su emoción, ese susto, cómo podríamos hacer la próxima vez, no asustándola más, ni diciéndole que es muy pequeña para subir por ahí, sino confiando en que «el próximo día lo harás y no te caerás, y si necesitas que mamá vaya a tu lado me lo dices y yo te agarro o te agarro cuando me lo pidas…» etc….

 

De este modo:

1. He acompañado a mi hija en su emoción (sufrimiento en primer lugar) y analizando y hallando la emoción verdadera, no era dolor, era susto, miedo a caerse.

2. No ha habido reprimenda.

Hubiera sido muy fácil decirle: “¿Ves? ya te lo había dicho yo” “Si es que eres muy pequeña!

 3. Mi hija ha recibido aliento por mi parte. Le he dicho que ella puede hacer lo que se propone, quizás al principio necesite algo de ayuda de parte mía o de un adulto, pero no le he negado en ningún momento que vuelva a atreverse a subir y bajar por ese murete.

No la asusto con potenciales riesgos que me dan más miedo a mí como madre que a ella como niña.

4. Mi hija se ha sentido empoderada. Con mi reacción abierta, calmada y serena, le he dado la oportunidad de volver a probar en un futuro. Ella será la que decida sí quiere volver a subir y si merece la pena.

 5. He estado ahí para ella, el resultado no es lo importante. Da igual si sube sola o si necesita ayuda, haga lo que haga yo la voy a querer, y al sentirse querida, se sentirá segura para intentarlo de nuevo, aunque vuelva a fallar (Esto aplicable a un murete quizás no tiene mucho sentido, pero pensemos cuando los hijos son mayores y toman otro tipo de decisiones, quizás no las más alineadas con nuestras preferencias). Estaremos ahí para ellos. SIEMPRE.

 5. Y sobre todo, le he permitido llorar porque, entre otras cosas,  es una de las formas que se libera tensión, adrenalina ante el estrés que ha sentido en ese momento.

 

A veces, es más cómodo, para nosotros, cortar el comportamiento que nos molesta, que nos irrita, porque vemos que están metidos en un bucle sin fin, y eso, obviamente nos provoca malestar.  Del mismo modo que un castigo corta la conducta en el momento presente, quizás el “Para de llorar!” lo haga. Yo te invitaría a que pensaras en los efectos a largo plazo, ¿qué van a aprender tus hijos cuando no dejas que expresen sus emociones? Piénsalo y me cuentas si quieres.

 
¿Y tu? ¿permites que tus hijos lloren? ¿permites que se desahoguen?
¿Qué ventajas y desventajas encuentras a esta forma de gestionar las emociones con ellos?
 
Deseo que te haya gustado y. si es así, te agradecería que lo compartieras.
Mil gracias.
Besos.
Lily
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